El negocio de los talent shows

Ahora que acaba de terminar "Número Uno", con la victoria de Jadel y el buen trabajo de Paula Vázquez, conviene recordar que, en el fondo, esta clase de concursos, bien gestionados, son un negocio redondo. Haciendo cuentas, no sólo está la cuestión de la publicidad directa que acompaña a todo programa con buenos datos de audiencia, o las importantes cantidades obtenidas con las llamadas telefónicas del público. No, o no sólo, porque también una buena parte del pastel está en todas las producciones que se realizan posteriormente con los artistas que acaban de llegar a la fama: discos, galas, programas televisivos... En realidad, se trata de un negocio paralelo, del que las productoras - en este caso Gestmusic - prefieren no hablar y que tampoco se hable. Así ocurrió, por ejemplo, en el verano de 2005, cuando el periodista Wayne Jamison, tras meses de investigaciones sobre la trastienda de Operación Triunfo, vio cómo se paralizaba la publicación de su libro por parte de Gestmusic. ¿Por qué? Pues ni más ni menos que porque a la productora no le agradó la sinopsis del libro y consiguió por vía judicial su secuestro cautelar. Sin duda, se trató de una medida excepcional que prácticamente no se dio a conocer. Pero así pasó, Gestmusic - por aquel entonces propiedad de Toni Cruz y Josep María Mainat- desembolsó 500.000 euros como fianza para eliminar todas las ediciones de la circulación. Medio millón de euros por taparlo todo, en un caso claro de censura, justo antes de que los miles de ejemplares que se editaron fuesen puestos en circulación en las librerías.

¿Tanto tenía que ocultar Gestmusic? Pues probablemente sí. En el libro secuestrado se reveleban los detalles de los contratos, las ganancias de los "triunfitos" y los testimonios de familiares de concursantes que denunciaron supuestas irregularidades en el sistema de votación y expulsión del programa. Por cada gala, los concursantes de la primera edición recibían unos 700 euros - los de Número Uno han recibido 600 - a los que habría que sumar un mínimo porcentaje de las ventas - en torno a un 7 u 8% - de los discos y el amplio y variado surtido de merchandising del programa. Desde luego, la mayoría de los triunfitos firmaban los contratos sin conocer la letra pequeña, y en muchos casos sufrieron la mecánica presuntamente democrática de expulsión del programa, algo que le pasó, por ejemplo, a Naím Thomas, concursante de la primera edición de la fábrica de artistas. Concretamente, el entorno de este cantante -que llegó a protestar indirectamente contra la organización en una de sus canciones-, aseguró en su momento que la productora les invitó a asistir al programa poco antes de que se produjera su expulsión, dándola por segura antes de que se cerraran los teléfonos.

De cualquier forma, tampoco hay que olvidar que programas como Operación Triunfo o Número Uno son una gran plataforma para artistas desconocidos y a pesar de las historias de desencanto pocos concursantes reniegan tajantemente de su paso por este tipo de programas. En algunos casos - véase Bisbal, Bustamante o Rosa López - supone su lanzamiento hacia una fama que de otra forma sería casi impensable.

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