¿Todo por la victoria en televisión?

¿Hasta dónde se puede llegar para vencer en un concurso de televisión?

Sin duda, he aquí una pregunta difícil de contestar, ya que no es lo mismo actuar en frío que hacerlo en el fragor de la competición. Si además hay dinero en juego - en ocasiones, mucho dinero - y todo ello ocurre en el medio televisivo - donde las reacciones son diferentes a las que tenemos en la vida real - es complicado saber lo que se puede llegar a hacer para lograr la victoria.

Esta pregunta la intentó resolver Christophe Nick, el productor de un documental francés que aborda el tema del poder de la televisión. Para hacer el mismo, se grabó un concurso ficticio, aunque los participantes no lo sabían. Es decir, ellos creían que era un concurso "de verdad". Y como en cualquier programa de preguntas y respuestas, "El juego de la muerte" - que así se llamó al programa - fue filmado en un estudio con luces intensas, una audiencia bulliciosa, una presentadora y varios participantes. Fueron 80 los "concursantes", que en diferentes programas piloto compitieron ante las cámaras. Durante los mismos los participantes debían formular determinadas preguntas a otro "concursante", que en realidad se trataba de un actor encubierto. Si éste fallaba las preguntas, se le debían aplicar descargas eléctricas de hasta 460 voltios a ese concursante (el actor). Pero lo más duro de todo era que los propios "concursantes" debían ser los encargados de aplicar esas descargas, que "teóricamente" podían provocarle la muerte al otro concursante. Pero así era el concurso: ante cada respuesta errónea, los participantes eran incitados por la presentadora y por gritos de "castigo" de la audiencia a sancionar a quien respondía con descargas eléctricas activadas mediante una palanca. Las penas iban en aumento: desde 80 voltios hasta los citados 460 voltios, con los cuales el supuesto electrocutado gritaba por clemencia y finalmente parecía desvanecerse.



¿Qué hubierais hecho vosotros en esa situación? ¿Abandonar el concurso de forma inmediata, ante tamaña atrocidad? ¿O habríais seguido concursando?

Pues bien, lo cierto es que los datos de los programas grabados resultaron escalofriantes: nada menos que... ¡el 81% de los participantes en el experimento aceptaron aplicar la tortura, sin saber que era ficticia! Y del total de participantes, sólo 16 decidieron salirse en determinado momento del experimento.

El dato es verdaderamente demoledor. ¿Acaso nos hemos convertido en alimañas? Para tratar de explicarlo Christophe Nick, el productor, afirmó que semejante actitud se debía a que los participantes habían estado en una condición muy particular, en este caso un estudio de televisión, y por ello habían llegado a tal nivel de obediencia. Nick explicó que la mayoría de los voluntarios fueron sometidos a diferentes variantes de obediencia y siguieron acatando órdenes, incluso contra su voluntad. "No lo querían hacer, pero lo hicieron", dijo. "Intentaron luchar contra eso, pero no encontraron los medios y no llegaban a desobedecer, a enfrentar a la autoridad".

Aquí está una de las entrevistas hechas a Nick. Está en francés, sin subtítulos, pero la he adjuntado por su valor testimonial.



El documental fue realizado con la ayuda de un equipo de psicólogos y se basó en un experimento efectuado por Stanley Milgram, un psicólogo social de la Universidad de Yale, en los años 60.

A juicio de Nick, lo que aquí juega un papel fundamental es ese mecanismo de obediencia similar al que permite hacer funcionar religiones o multinacionales con una estructura de poder diluida. Así, cuando la persona se encuentra en una situación muy particular, se puede llegar a tener tal nivel de obediencia.

2 comentarios:

  1. Este experimento se hizo hace años en formato "no televisado" y daba un resultado muy similar. La gente es más cabrona de lo que creemos, así que cuidadito. El reportaje es muy interesante, a ver cuándo lo vemos por aquí.

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  2. Hola, TELEpatético.
    La verdad es que todo el mundo puede llegar a ser más "malote" de lo que se piensa...
    Eso sí, menos yo, que soy bueno, bueno, ja, ja...
    Un abrazo.

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